Hoy no es 25 de agosto pero ha llegado la hora:
Miro hacia lo alto-
donde giran mares de luz:
¡Oh, noche, oh, silencio, oh, queridísimo ruido!..
Veo una señal-,
desde la mas lejana distancia
desciende despacio y centelleante una estrella hacia mí...
Friedrich.
viernes, 22 de mayo de 2009
jueves, 2 de abril de 2009
No more surf and turf.
You're a part-time lover and a full-time friend
The monkey on your back is the latest trend
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
I'll kiss you on the brain in the shadow of the train
I'll kiss you all starry-eyed, my body swinging from side to side
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Here is the church and here is the steeple
We sure are cute for two ugly people
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Pebbles forgive me, the trees forgive
So why can't you forgive me?
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
I will find my niche in your car
With my MP3, DVD, rumble pack, guitar
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Up, up, down, down, left, right, left, right, B, A, start
Just because we use cheats doesn't mean we're not smart
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
You are always trying to keep it real
I'm in love with how you feel
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
We both have shiny happy fits of rage
You want more fans, I want more stage
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Don Quixote was a steel-driving man
My name is Adam, I'm your biggest fan
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Squinched up your face and did a dance
Shook a little turd out of the bottom of your pants
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
But you.
Friedrich.
The monkey on your back is the latest trend
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
I'll kiss you on the brain in the shadow of the train
I'll kiss you all starry-eyed, my body swinging from side to side
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Here is the church and here is the steeple
We sure are cute for two ugly people
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Pebbles forgive me, the trees forgive
So why can't you forgive me?
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
I will find my niche in your car
With my MP3, DVD, rumble pack, guitar
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Up, up, down, down, left, right, left, right, B, A, start
Just because we use cheats doesn't mean we're not smart
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
You are always trying to keep it real
I'm in love with how you feel
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
We both have shiny happy fits of rage
You want more fans, I want more stage
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Don Quixote was a steel-driving man
My name is Adam, I'm your biggest fan
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
Squinched up your face and did a dance
Shook a little turd out of the bottom of your pants
I don't see what anyone can see in anyone else
But you
But you.
Friedrich.
miércoles, 4 de febrero de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
Otoño.
¡Ven, serenidad dorada, ven!
¡Tú, de la muerte
mas secreto y dulce preludio!
¿Avancé demasiado aprisa por mi camino?
Solo ahora, cuando los pies se han cansado,
aún me da alcance tu mirada
aún me da alcance tu felicidad.
A tu alrededor solo ondas y juegos.
Lo que alguna vez fue costoso,
se hundió en un azul olvido
ociosa reposa ahora mi barca.
La tormenta y el viaje, ¡cómo los han olvidado!
El deseo y la esperanza se ahogaron,
lisas reposasan el alma y el mar.
Friedrich.
¡Tú, de la muerte
mas secreto y dulce preludio!
¿Avancé demasiado aprisa por mi camino?
Solo ahora, cuando los pies se han cansado,
aún me da alcance tu mirada
aún me da alcance tu felicidad.
A tu alrededor solo ondas y juegos.
Lo que alguna vez fue costoso,
se hundió en un azul olvido
ociosa reposa ahora mi barca.
La tormenta y el viaje, ¡cómo los han olvidado!
El deseo y la esperanza se ahogaron,
lisas reposasan el alma y el mar.
Friedrich.
jueves, 15 de enero de 2009
1859.
Over himself, over his own body and mind, the individual is sovereign.
By Stuart Mill.
Friedrich
By Stuart Mill.
Friedrich
martes, 6 de enero de 2009
miércoles, 31 de diciembre de 2008
miércoles, 10 de diciembre de 2008
lunes, 8 de diciembre de 2008
Otra noche mas en el bingo.
Pero pasemos. Pasemos a Saturno. Saturno al igual que nuestra luna, cuando se les mira a través de las lentes de aumento, impresionan al profano de una forma que el científico debe instintivamente deplorar y rechazar. Ningún hecho, ninguna cifra, ningún aumento, pueden explicar la irrazonable sensación de inquietud que produce la vista de este planeta en el espíritu del observador. Saturno es un viviente símbolo de tristeza, de morbidez, de desastre, de fatalidad. Su tinte lechoso hace pensar inevitablemente en las tripas, en la gris materia muerta de los órganos vulnerables y seceretos, en las enfermedades repugnantes, en los tubos de ensayo, en las especies de laboratorio, en el catarro, en las mucosidades, en el ectoplasma, en las sombras melancólicas, en los fenómenos mórbidos, en la guerra entre los íncubos y súcubos, en la esterilidad, la anemia, la indecisión, el derrotismo, el estreñimiento, en las antitoxinas, en las malas novelas, en la hernia, en la meningitis, en las leyes que son letra muerta, en la burocracia, en las condiciones de vida de la clase obrera, en el trabajo en serie, reuniones de Apostolado Cristiano, en las sesiones de espiritismo, en los poetas como T.S Elliot, en los fanáticos como Alexandre Dowie, en las curanderas como Mary Baker Eddy, en los estadistas como Chamberlain, en triviales fatalidades como la de resbalar en una piel de plátano y romperse el cráneo, la de soñar en días mejores y dejarse aplastar por dos camiones, la de ahogarse en una bañera, la de matar por accidente al mejor amigo, la de morir de hipo en vez de perecer en el campo de batalla, y así hasta el infinito. Saturno es maléfico a fuerza de inercia. Su anillo, que es tan delgado que apenas pesa, según los sabios, es una alianza que significa muerte o desgracia libre de todo significado. Saturno, sea lo que sea para el astrónomo, es el signo de una absurda fatalidad a los ojos del hombre de la calle. Éste lo lleva en su corazón porque su vida entera, desprovista como está de significado, se refugia en este último simbolo, capaz de darle el golpe de gracia, en el caso de que todo lo demás no pudiera hacerlo. Saturno es la vida en suspenso, no la verdadera muerte sino la ausencia de muerte, o sea la incapaciad de morir. Saturno es como un hueso muerto en la oreja, doble mastoide del alma. Saturno es como un cartel mural pegado al revés y embadurnado con esa pasta catarral que los tapiceros consideran indispensable en su oficio. Saturno es una enorme aglomeración de esas flemas de apariencia siniestra que se expulsan por la mañana después de haber fumado la víspera varios paquetes de tabaco. Saturno es postergación, que se manifiesta como una realización de sí mismo. Saturno es duda, perplejidad, el hecho por amor al hecho, el escepticismo y principalmente la falta de misticismo. Saturno es la exudación diabólica del saber por el saber, la congelada niebla de esa incesante búsqueda que se apodera del monomaniático porque no conoce ni acepta otra cosa que la melancolía; nada en su propia salsa. Saturno es el símbolo de todos los agüeros y supersticiones, la consoladora prueba de la divina entropía, consoladora porque si fuese cierto que el universo camina hacia su destrucción, Saturno se hubiera derretido hace ya tiempo. Saturno es tan eterno como el temor y la irresolución, mas lechoso, mas nebuloso en cada compromiso, en cada capitulación. Las almas tímidas reclaman a Saturno, como los niños piden aceite de ricino que tenga buen sabor. Saturno nos da únicamente lo que le pedimos, ni un gramo mas. Saturno es la blanca esperanza de la raza blanca; esta raza de interminables charlatanes que no cesan de alabar las maravillas de la naturaleza y dedica su tiempo a destruir la mas grande maravilla de todas: el HOMBRE. Saturno es el impostor estelar que se erige en gran cosmócrata del destino, Monseiur de París, verdugo automático de un mundo destruido por la indeferencia. Dejemos a los cielos cantar su gloria, este globo linfático de duda y de aburrimiento nunca dejará de proyectar sus rayos de inanimada tristeza.
Ésta es la fotografía emotiva de un planeta cuya influencia heterodoxa pesa aún con fuerza en la conciencia casi extinguida del hombre. Es el espectáculo mas descorazonador de los cielos. Corresponde a todas las imágenes de cobardía concebidas por el corazón humano; es el único depósito de todas las desesperanzas y derrotas en las que ha sucumbido la raza humana desde tiempo inmemorial. Únicamente se hará invisible el día en que el hombre lo haya sacado de su conciencia.
Friedrich.
Ésta es la fotografía emotiva de un planeta cuya influencia heterodoxa pesa aún con fuerza en la conciencia casi extinguida del hombre. Es el espectáculo mas descorazonador de los cielos. Corresponde a todas las imágenes de cobardía concebidas por el corazón humano; es el único depósito de todas las desesperanzas y derrotas en las que ha sucumbido la raza humana desde tiempo inmemorial. Únicamente se hará invisible el día en que el hombre lo haya sacado de su conciencia.
Friedrich.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Roma.
Un día de marzo; los árboles aún desnudos;los
platanos esperan
con paciencia el fervor verde de las hojas.
Santuarios llenos de polvo; el cinabrio y el ocre, el
siena y el burdeos,
extensas manchas de canela.
¿Por qué dejamos de hablar?
En el palacio Barberini ni un bello Narciso fija los ojos
en su propia cara,
muerta.
Ciudad de bronce que repite sin descanso: mi
dispiace.
Ciudad de bronce a la que vienen dioses griegos
cansados
como funcionarios de provincias.
Hoy quisiera ver tus ojos sin ira.
Ciudad de bronce creciendo en las colinas.
Los poemas son breves tragedias, transportables
como transistores.
Pablo yace en el suelo, es de noche,
antorchas y olor a brea.
En los cafés rápidas miradas, alguien grita, en la
mesa un montoncito de monedas.
¿Por que sí? ¿Por qué no?
En el estruendo de los coches y scooters, en el
estruendo de los acontecimientos.
La poesía desaparece a menudo y solo
quedan cerillas.
Sobre el Tíber corren niños con ridículas capas
colegiales
de principios de siglo;
al lado de cámaras y focos. Corren por una película,
no por ti.
David se avergüenza de haber
asesinado a Goliat
Perdóname mi silencio. Perdóname tu silencio.
Una ciudad llena de estatuas; solo
cantas las fuentes.
Se aproxima la Navidad, pronto los paganos
entrarán en las iglesias.
Via Giulia: las flores de magnolia guardan
su secreto.
Por un minuto de luz pagas casi quinientas liras que
echas
a la caja negra.
Nos encontramos en la Piazza Navona, si quieres,
claro.
Mateo sigue preguntándose: ¿fui llamado realmente
para convertirme en hombre?
Friedrich.
platanos esperan
con paciencia el fervor verde de las hojas.
Santuarios llenos de polvo; el cinabrio y el ocre, el
siena y el burdeos,
extensas manchas de canela.
¿Por qué dejamos de hablar?
En el palacio Barberini ni un bello Narciso fija los ojos
en su propia cara,
muerta.
Ciudad de bronce que repite sin descanso: mi
dispiace.
Ciudad de bronce a la que vienen dioses griegos
cansados
como funcionarios de provincias.
Hoy quisiera ver tus ojos sin ira.
Ciudad de bronce creciendo en las colinas.
Los poemas son breves tragedias, transportables
como transistores.
Pablo yace en el suelo, es de noche,
antorchas y olor a brea.
En los cafés rápidas miradas, alguien grita, en la
mesa un montoncito de monedas.
¿Por que sí? ¿Por qué no?
En el estruendo de los coches y scooters, en el
estruendo de los acontecimientos.
La poesía desaparece a menudo y solo
quedan cerillas.
Sobre el Tíber corren niños con ridículas capas
colegiales
de principios de siglo;
al lado de cámaras y focos. Corren por una película,
no por ti.
David se avergüenza de haber
asesinado a Goliat
Perdóname mi silencio. Perdóname tu silencio.
Una ciudad llena de estatuas; solo
cantas las fuentes.
Se aproxima la Navidad, pronto los paganos
entrarán en las iglesias.
Via Giulia: las flores de magnolia guardan
su secreto.
Por un minuto de luz pagas casi quinientas liras que
echas
a la caja negra.
Nos encontramos en la Piazza Navona, si quieres,
claro.
Mateo sigue preguntándose: ¿fui llamado realmente
para convertirme en hombre?
Friedrich.
viernes, 21 de noviembre de 2008
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Henri Beyle y yo ante una misma realidad.
[...]Cuánto pudimos pasear en aquellos días. Recorrimos Venecia por todos sus canales. Le enseñé su pintura, le conté su historia. Compramos bellísimos objetos para llevar como si fuésemos una parejita de jóvenes burgueses en su viaje de novios. Estaba fascinada con la ciudad. Por las noches después de cenar, solíamos acudir o bien al Florian o bien al Quadri, a beber unas copas mientras las orquestinas tocaban sentimentales melodías. Una noche de pronto me sentí melancólico.
-¿Sabes? -le dije-. Cierta vez,aquí mismo, en esta misma terraza... pensé que era lugar perfecto para suicidarse. Aquí. Unos somníferos, y el alcohol. Y, poco a poco, suavemente, desvanecerse esta belleza.
Me miró con cierta perplejidad. Me sonrió. Pero había algo en su sonrisa que yo nunca gabía visto, como un súbito distanciarse protector, que custiodase su alegría impidiéndole cualquier referencia que pudiera entenebrecerla.
-Odio la muerte -me dijo. Su tono era frío.
Era algo que yo había pensado en algunas ocasiones. Y acaso hubiera debido consumarlo con ella. Si, envenenarla. Hubiésemos desaparecido de este mundo como dos ángeles en un vuelo majestuoso: despreciando nuestra época y lo que ésta engordaba en su matriz. A vece le hablaba sobre lo que había sido nuestra vida, recordaba ante ella mi juventud. Pero en realidad eran monólogos que supongo que con dificultad podía entender. Ella no había vivido el mundo de antes de la guerra. Había nacido el mismo año en que la gentuza derrocó a Nicolás. Yo ya había matado antes de que ella abriera los ojos al mundo. De cualquier forma, lo que yo buscaba, ¿acaso no era precisamente esa salvaje fuerza ignorante,donde bañarme en ese Leteo y olvidar?
-Mira el Florian -le dije-. El resplandor dorado de sus puertas. Deberías verlo sobre todo en invierno, en una de esas noches de lluvia y niebla, cuando Venecia se muestra a sus mejores hijos como un ectoplasma de desolada grandeza. El resplandor dorado de las puertas del Florian, la perfección de sus líneas, lo airoso de sus techos y lámparas, la exquisita decoración, rojos aterciopelados y oro viejo, las pinturas que cubren sus paredes y que firmaron Casa y Carlini en 1850, cuando Ludovico Cadorín realizó las modificaciones que aún perduran, la suntuosidad de unos camareros que parecen salidos, prestancia y sabiduría, del óleo que dedicó en 1912 Italico Brass a este lugar insólito. Hay quizás un té mejor, en la Antica Offeleria della Meneghina en Vicenza; unos cubitos de hielo de medida mas ajustada, el Dante de Verona, el Meletti de Ascoli Piceno; unas pastas mas elaboradas: las del romanengo en Génova, las del Camparino de Milán; y, ¡por todos los dioses!, unos asientos mas confortables, el Charleston-Mazzara de Palermo donde tantos buenos ratos he pasado. Ah, Sicilia... Pero nadie sabe por qué el Florian es el Florian, y ningún otro café puede superarlo en su extraña, sombría y elegante agonía. Mas de doscientos años de existencia acreditan que generación tras generación, ninguna se ha resistido a su encanto.
>>Lo fundó en 1720 un tal Floriano Francersconi que pintó en su muestra un rimbombante Venezia triunfante que la finura de los venecianos no tardó en olvidar prefiriendo un El café de Florian que ha perdurado. En sus divanes se han sentado, han escrito, han amado, personajes como Casanova, Gozzi, Foscolo, Lord Byron, Canova, Verdi, Goethe, Ruskin, Browning, algún futuro papa, Wagner, Silvio Pellico, que lo recordó en sus Prisiones, y toda la larga, o ocaso no tan larga, lista de finos segundones, cortesanas, artistas y locos que constituyen lo mejor de cada época. El único lujo. Un ejemplo tan solo: cierta noche entré, como tengo por costumbre, al Florian para beber la última copa antes de retirarme. Era una noche de niebla y la ciudad tenía la suavidad de un muslo adolescente. Hacía frío, aunque no demasiado. Poca gente en el Florian. Me senté en el último saloncito a la derecha. Al fondo había un par de mesas ocupadas. Entró un matrimonio francés, acaso suizo, con un perro espléndido. Pidieron unos pastelitos. Después de haberles servido, el camarero volvió con una escudilla de plata llena de agua y la dispuso junto al perro.
>>Eso es el Florian.
>>Y esa altura de vuelo no se improvisa. Es como los ojos de los niños limpiabotas de Estanbul. Como los cuerpos del Ganges. Saber que el fin del mundo no es, no puede ser, sino la vana repetición de otras desventuras ya presenciadas y jamás con un interés superior al de un servicio crepuscular y perfecto. Se trata simplemente de no dejar que la realidad perturbe una determinada idea de la vida. Así, los camareros del Florian se saben depositarios de una memoria radiante donde Lord Byron avanza enmascarado seguido por su corte de enanos , putas de Damasco y desterrados y suicidas y sodomiza a su criado para poder tener, según decía, la única virginidad del siglo; donde Casanova desnuda sobre los relámpagos del salón privé a dos condesas y un obispo, y se hace servir por éste mientras las dos hermosas maúllan a sus pies como gatas siamesas; donde Ruskin entra despavorido tras presenciar un asesinato a pocos metros de la puerta y de improviso sonríe porque comprende que esa sangre vertida embellecerá la Piazza; donde Browning contempla su rostro en el cristal que cubre una de las pinturas y se ve muerto, conducido por una góndola funeraria hasta San Michele, como así sería y habría de recordarlo un célebre grabado; donde Garibaldi sueña en una mesa con el sol de Sicilia; donde Wagner lleva sus gatos a que se afilen las uñas en los granates de la tapicería.
>>Si, todo eso es el Florian. Restos de la locura, ruinas de la grandeza y de la libertad, espejo empañado de los hermosísimos gestos de unos seres excepcionales que dieron esplendor a la vida.
>>Todo eso, o, mejor, sus cenizas, es lo que ofrece el Florian. Y por eso merece que ciertas noches de Venecia tengan su barra como último paisaje. Es una luz del fin del mundo. Y allí, beber en nombre de todo lo que fue, beber por su maldito y condenado silencio de cementerio. Porque, también hay que decirlo, yo jamás he bebido con alegría en el Florian. No se puede beber en un museo. Y el alcohol y la noche regalan a sus hijos un brillo lunar de desesperación que necesita verse en otros espejos. Entonces, si lo que uno desea es beber, ver pasar al destino y sonreírle, dejar que los ojos y el cuerpo vayan adquiriendo con la madrugada esa calidad de bolero que lo hacen tan apreciable para coleccionistas y mujeres, entonces no encamina sus pasos al Florian, esa maravilla que agoniza en la plaza mas bella del mundo. Sino que pasea lentamente junto a las aguas, siente cómo se hunde lentamente una ciudad que fue orgullosa, grande, cima de sabiduría, poder y sentido del equilibrio. Y se detiene en cualquier taberna con emparrado y pide pescado y vino.
>>Pero si después, sobre todo en invierno, cuando la niebla cubre la ciudad y ya no hay turistas; si después uno ve que sus pasos lo llevan hacia la Piazza y, de pronto, como mariposas de oro en la niebla, contempla deslumbrado las puertas del Florian, entonces debe entrar, palpar la soledad y pedir una copa en homenaje a todos aquellos que a lo largo del tiempo fueron llenando la historia de este café con su gloria y su desprecio.
De pronto me di cuenta de que estaba hablando solo, estaba escuchándome a mí mismo. Ella miraba a la gente, bebía, me sonreía, pero era como si mis recuerdos fueran un cuento que a ella no le interesara demasiado. Y acaso llevaba razón. En un mundo que se desmoronaba, ¿qué podía importar si Byron o si Casanova o si los camareros del Florian disponían de una escudilla de plata para un perro? Todo el mundo miraba hacia un futuro que no veía, y el pasado era solo eso... pasado, algo de muerto y que muy pronto terminarían de enterrar los escombros de la nueva guerra que todos presentíamos-
Pero ella, si, era algo real, estaba allí, ante mi, luminosa, espléndida, decidida a vivir. Era la vida misma, su fuerza misteriosa e inagotable. Miré su boca que siempre me excitaba, la belleza de sus piernas morenas, la luminosidad de sus ojos y su piel, la inminencia perpetua del placer, esa alegría donde perderme, ese ser yo, sin nombre, sin pasado, un pedazo de carne palpitante y gozosa.
Una mañana estábamos paseando cerca del Campo San Filippo e Giacomo cuando ella se detuvo ante el escaparate de una librería. Había una exposición de libros junto a un cartel muy atractivo. Ella dio un gritito:
-¡Pero si eres tú! Exclamó alborozada.
Miré. Si. Era un libro que yo había escrito, una especie de memorias de juventud. Había varios volúmenes apilados y junto a ellos una fotografía mía, en un bosque nevado, junto al zar (supongo que fue tomada durante una cacería). Un letrero junto a los libros exponía: Ida y vuelta.
-¡Eres tú! ¡Eres tú! -exclamaba.
Es curioso. La idea de que yo fuera escritor -de que hubiese escrito un libro- la excitó. Poco después,mientras descansábamos en la terraza del Quadri, me miró de pronto con esa expresión suya tan juguetona y coqueta, que tanto me enervaba, y me dijo:
-Quiero correrme.
La miré atónito, pero muy excitado también.
-He dicho que quiero correrme. Aquí y ahora.
La miré fijamente. Era como si ella me hipnotizase. La idea de que se corriera allí mismo, en aquel momento, me excitó, muchísimo.
-Acaríciame-me dijo. Y puso esos labios de niña mimada que me provocan aún en el recuerdo el mas profundo estremecimiento.
Acerqué mi sillón al suyo, y metí mi mano bajo su vestido. Noté el frescor de sus muslos, la abisal diferencia con el tacto de las medias.
-No llevo bragas -me dijo. Y sonrió.
Y era verdad. Mis dedos tocaban ese nido que tanto amaba, sedoso, caliente. Ella separó un poco sus piernas. Mis dedos tocaron su sexo. Estaba muy mojado. Mientras tanto me miraba.
-Sigue -me dijo-. No lo va a notar nadie.
Esa clandestinidad me excitó aún mas. Empecé a acariciar con mi dedo corazón aquella hendidura caliente. Noté como se endurecía su clítoris. Ella hizo un leve movimiento para sentarse mejor, y apretó mi mano con sus muslos.
El sol se ponía, y San Marcos parecía de oro. Pasaron junto a nosotros unas damas y unos escuadristas, con sus uniformes un tanto chabacanos. Un camarero, en la puerta del Quadri, pareció darse cuenta de lo que estábamos haciendo. Miró hacia otro lado. Mientras tanto, ella iba entrando en un largo, silencioso e inmóvil orgasmo que yo muy bien percibía por sus contracciones sobre mi dedo y por el aumento de flujo en su vagina. Fue un orgasmo lento, sublime. Noté cómo iba subiendo en intensidad al tiempo que la luz del día iba desvaneciéndose sobre la Piazza. La visión de su rostro, aqeul atardecer, es de las imágenes mas nobles e imperecederas que guarda mi memoria. Cuando se hubo corrido, se dejó resbalar sobre su sillón, tomó delicadamente mi mano y la llevó a sus labios, chupó mis dedos mojados y cerrando los ojos reclinó su cabeza sobre el respaldo del sillón de mimbre. Las luces de la Piazza iban con su resplandor modificando las líneas de aquel rostro fantástico, como la luz que mueve las sombras sobre una estatua. Parecía un animal en paz, descansando, feliz, colmado y calmado. La belleza de la Basílica parecía fundirse con su orgasmo convirtiendo aquel anochecer en algo inefable. Sentí la grandeza.
Friedrich.
-¿Sabes? -le dije-. Cierta vez,aquí mismo, en esta misma terraza... pensé que era lugar perfecto para suicidarse. Aquí. Unos somníferos, y el alcohol. Y, poco a poco, suavemente, desvanecerse esta belleza.
Me miró con cierta perplejidad. Me sonrió. Pero había algo en su sonrisa que yo nunca gabía visto, como un súbito distanciarse protector, que custiodase su alegría impidiéndole cualquier referencia que pudiera entenebrecerla.
-Odio la muerte -me dijo. Su tono era frío.
Era algo que yo había pensado en algunas ocasiones. Y acaso hubiera debido consumarlo con ella. Si, envenenarla. Hubiésemos desaparecido de este mundo como dos ángeles en un vuelo majestuoso: despreciando nuestra época y lo que ésta engordaba en su matriz. A vece le hablaba sobre lo que había sido nuestra vida, recordaba ante ella mi juventud. Pero en realidad eran monólogos que supongo que con dificultad podía entender. Ella no había vivido el mundo de antes de la guerra. Había nacido el mismo año en que la gentuza derrocó a Nicolás. Yo ya había matado antes de que ella abriera los ojos al mundo. De cualquier forma, lo que yo buscaba, ¿acaso no era precisamente esa salvaje fuerza ignorante,donde bañarme en ese Leteo y olvidar?
-Mira el Florian -le dije-. El resplandor dorado de sus puertas. Deberías verlo sobre todo en invierno, en una de esas noches de lluvia y niebla, cuando Venecia se muestra a sus mejores hijos como un ectoplasma de desolada grandeza. El resplandor dorado de las puertas del Florian, la perfección de sus líneas, lo airoso de sus techos y lámparas, la exquisita decoración, rojos aterciopelados y oro viejo, las pinturas que cubren sus paredes y que firmaron Casa y Carlini en 1850, cuando Ludovico Cadorín realizó las modificaciones que aún perduran, la suntuosidad de unos camareros que parecen salidos, prestancia y sabiduría, del óleo que dedicó en 1912 Italico Brass a este lugar insólito. Hay quizás un té mejor, en la Antica Offeleria della Meneghina en Vicenza; unos cubitos de hielo de medida mas ajustada, el Dante de Verona, el Meletti de Ascoli Piceno; unas pastas mas elaboradas: las del romanengo en Génova, las del Camparino de Milán; y, ¡por todos los dioses!, unos asientos mas confortables, el Charleston-Mazzara de Palermo donde tantos buenos ratos he pasado. Ah, Sicilia... Pero nadie sabe por qué el Florian es el Florian, y ningún otro café puede superarlo en su extraña, sombría y elegante agonía. Mas de doscientos años de existencia acreditan que generación tras generación, ninguna se ha resistido a su encanto.
>>Lo fundó en 1720 un tal Floriano Francersconi que pintó en su muestra un rimbombante Venezia triunfante que la finura de los venecianos no tardó en olvidar prefiriendo un El café de Florian que ha perdurado. En sus divanes se han sentado, han escrito, han amado, personajes como Casanova, Gozzi, Foscolo, Lord Byron, Canova, Verdi, Goethe, Ruskin, Browning, algún futuro papa, Wagner, Silvio Pellico, que lo recordó en sus Prisiones, y toda la larga, o ocaso no tan larga, lista de finos segundones, cortesanas, artistas y locos que constituyen lo mejor de cada época. El único lujo. Un ejemplo tan solo: cierta noche entré, como tengo por costumbre, al Florian para beber la última copa antes de retirarme. Era una noche de niebla y la ciudad tenía la suavidad de un muslo adolescente. Hacía frío, aunque no demasiado. Poca gente en el Florian. Me senté en el último saloncito a la derecha. Al fondo había un par de mesas ocupadas. Entró un matrimonio francés, acaso suizo, con un perro espléndido. Pidieron unos pastelitos. Después de haberles servido, el camarero volvió con una escudilla de plata llena de agua y la dispuso junto al perro.
>>Eso es el Florian.
>>Y esa altura de vuelo no se improvisa. Es como los ojos de los niños limpiabotas de Estanbul. Como los cuerpos del Ganges. Saber que el fin del mundo no es, no puede ser, sino la vana repetición de otras desventuras ya presenciadas y jamás con un interés superior al de un servicio crepuscular y perfecto. Se trata simplemente de no dejar que la realidad perturbe una determinada idea de la vida. Así, los camareros del Florian se saben depositarios de una memoria radiante donde Lord Byron avanza enmascarado seguido por su corte de enanos , putas de Damasco y desterrados y suicidas y sodomiza a su criado para poder tener, según decía, la única virginidad del siglo; donde Casanova desnuda sobre los relámpagos del salón privé a dos condesas y un obispo, y se hace servir por éste mientras las dos hermosas maúllan a sus pies como gatas siamesas; donde Ruskin entra despavorido tras presenciar un asesinato a pocos metros de la puerta y de improviso sonríe porque comprende que esa sangre vertida embellecerá la Piazza; donde Browning contempla su rostro en el cristal que cubre una de las pinturas y se ve muerto, conducido por una góndola funeraria hasta San Michele, como así sería y habría de recordarlo un célebre grabado; donde Garibaldi sueña en una mesa con el sol de Sicilia; donde Wagner lleva sus gatos a que se afilen las uñas en los granates de la tapicería.
>>Si, todo eso es el Florian. Restos de la locura, ruinas de la grandeza y de la libertad, espejo empañado de los hermosísimos gestos de unos seres excepcionales que dieron esplendor a la vida.
>>Todo eso, o, mejor, sus cenizas, es lo que ofrece el Florian. Y por eso merece que ciertas noches de Venecia tengan su barra como último paisaje. Es una luz del fin del mundo. Y allí, beber en nombre de todo lo que fue, beber por su maldito y condenado silencio de cementerio. Porque, también hay que decirlo, yo jamás he bebido con alegría en el Florian. No se puede beber en un museo. Y el alcohol y la noche regalan a sus hijos un brillo lunar de desesperación que necesita verse en otros espejos. Entonces, si lo que uno desea es beber, ver pasar al destino y sonreírle, dejar que los ojos y el cuerpo vayan adquiriendo con la madrugada esa calidad de bolero que lo hacen tan apreciable para coleccionistas y mujeres, entonces no encamina sus pasos al Florian, esa maravilla que agoniza en la plaza mas bella del mundo. Sino que pasea lentamente junto a las aguas, siente cómo se hunde lentamente una ciudad que fue orgullosa, grande, cima de sabiduría, poder y sentido del equilibrio. Y se detiene en cualquier taberna con emparrado y pide pescado y vino.
>>Pero si después, sobre todo en invierno, cuando la niebla cubre la ciudad y ya no hay turistas; si después uno ve que sus pasos lo llevan hacia la Piazza y, de pronto, como mariposas de oro en la niebla, contempla deslumbrado las puertas del Florian, entonces debe entrar, palpar la soledad y pedir una copa en homenaje a todos aquellos que a lo largo del tiempo fueron llenando la historia de este café con su gloria y su desprecio.
De pronto me di cuenta de que estaba hablando solo, estaba escuchándome a mí mismo. Ella miraba a la gente, bebía, me sonreía, pero era como si mis recuerdos fueran un cuento que a ella no le interesara demasiado. Y acaso llevaba razón. En un mundo que se desmoronaba, ¿qué podía importar si Byron o si Casanova o si los camareros del Florian disponían de una escudilla de plata para un perro? Todo el mundo miraba hacia un futuro que no veía, y el pasado era solo eso... pasado, algo de muerto y que muy pronto terminarían de enterrar los escombros de la nueva guerra que todos presentíamos-
Pero ella, si, era algo real, estaba allí, ante mi, luminosa, espléndida, decidida a vivir. Era la vida misma, su fuerza misteriosa e inagotable. Miré su boca que siempre me excitaba, la belleza de sus piernas morenas, la luminosidad de sus ojos y su piel, la inminencia perpetua del placer, esa alegría donde perderme, ese ser yo, sin nombre, sin pasado, un pedazo de carne palpitante y gozosa.
Una mañana estábamos paseando cerca del Campo San Filippo e Giacomo cuando ella se detuvo ante el escaparate de una librería. Había una exposición de libros junto a un cartel muy atractivo. Ella dio un gritito:
-¡Pero si eres tú! Exclamó alborozada.
Miré. Si. Era un libro que yo había escrito, una especie de memorias de juventud. Había varios volúmenes apilados y junto a ellos una fotografía mía, en un bosque nevado, junto al zar (supongo que fue tomada durante una cacería). Un letrero junto a los libros exponía: Ida y vuelta.
-¡Eres tú! ¡Eres tú! -exclamaba.
Es curioso. La idea de que yo fuera escritor -de que hubiese escrito un libro- la excitó. Poco después,mientras descansábamos en la terraza del Quadri, me miró de pronto con esa expresión suya tan juguetona y coqueta, que tanto me enervaba, y me dijo:
-Quiero correrme.
La miré atónito, pero muy excitado también.
-He dicho que quiero correrme. Aquí y ahora.
La miré fijamente. Era como si ella me hipnotizase. La idea de que se corriera allí mismo, en aquel momento, me excitó, muchísimo.
-Acaríciame-me dijo. Y puso esos labios de niña mimada que me provocan aún en el recuerdo el mas profundo estremecimiento.
Acerqué mi sillón al suyo, y metí mi mano bajo su vestido. Noté el frescor de sus muslos, la abisal diferencia con el tacto de las medias.
-No llevo bragas -me dijo. Y sonrió.
Y era verdad. Mis dedos tocaban ese nido que tanto amaba, sedoso, caliente. Ella separó un poco sus piernas. Mis dedos tocaron su sexo. Estaba muy mojado. Mientras tanto me miraba.
-Sigue -me dijo-. No lo va a notar nadie.
Esa clandestinidad me excitó aún mas. Empecé a acariciar con mi dedo corazón aquella hendidura caliente. Noté como se endurecía su clítoris. Ella hizo un leve movimiento para sentarse mejor, y apretó mi mano con sus muslos.
El sol se ponía, y San Marcos parecía de oro. Pasaron junto a nosotros unas damas y unos escuadristas, con sus uniformes un tanto chabacanos. Un camarero, en la puerta del Quadri, pareció darse cuenta de lo que estábamos haciendo. Miró hacia otro lado. Mientras tanto, ella iba entrando en un largo, silencioso e inmóvil orgasmo que yo muy bien percibía por sus contracciones sobre mi dedo y por el aumento de flujo en su vagina. Fue un orgasmo lento, sublime. Noté cómo iba subiendo en intensidad al tiempo que la luz del día iba desvaneciéndose sobre la Piazza. La visión de su rostro, aqeul atardecer, es de las imágenes mas nobles e imperecederas que guarda mi memoria. Cuando se hubo corrido, se dejó resbalar sobre su sillón, tomó delicadamente mi mano y la llevó a sus labios, chupó mis dedos mojados y cerrando los ojos reclinó su cabeza sobre el respaldo del sillón de mimbre. Las luces de la Piazza iban con su resplandor modificando las líneas de aquel rostro fantástico, como la luz que mueve las sombras sobre una estatua. Parecía un animal en paz, descansando, feliz, colmado y calmado. La belleza de la Basílica parecía fundirse con su orgasmo convirtiendo aquel anochecer en algo inefable. Sentí la grandeza.
Friedrich.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
jueves, 30 de octubre de 2008
Dos ciudades.
¿Qué lleva a un hombre a enloquecer por una mujer? Nunca lo sabremos. Es algo tan misterioso como la perfección de la belleza de una concha marina, como la fragancia de la lluvia. Hemos visto caer reinos por una mujer, acaso menos bella que otras cortesanas que vivieron incógnitas. No enloquecemos por la mas hermosa, pero una mirada de esos ojos que nos hipnotizan vale mas que una corona. Tampoco son los secretos del placer, con ser mucho el que se obtiene de ese cuerpo, de esos ojos, esa mirada, de saber que esos suspiros son por los transportes que uno lleva a su carne. El mas limitado razonamiento nos llevaría a considerar que comparables goces se encontrarían con otra hembra hermosa, y sin que ello arrasara nuestra suerte. Pero no. De pronto una mujer, ni la mas hermosa, ni la mas inteligente, ni la mas sensible, se cruza en nuestro camino, y un temblor de esa carne nos exalta como para que rindamos a su encanto -ante ese encanto, y no otro- toda nuestra fortuna. Nunca sabemos por qué somos tan poco racionales. Pero hay ocasiones en que una criatura fastuosa espadaña ante nosotros un esplendor que además solo nosotros captamos en esa intensidad, y todos nuestros minutos dependen ya de ella, de conseguir... ¿que? Acaso nada... Porque jamás logramos hacerla completamente nosotros, yo. Es una lucha que no tiene fin y que suele llevar al desastre. Es la contemplación de una imagen mutilada, como aquella de El amor y Psiquis de Canova que se truncó en el incendio de Arkhangelskoy, deslumbrante, aún rota, entre los restos del incendio.
Aquel día fuimos a comer cerca de Biarritz, a un paraje junto al Nive. El día era espléndido, como si quisiera acompañar con su belleza, con su placidez, el milagro de aquella relación que acababa de nacer. Comimos bajo los árboles, y mi fiel criado se esmeró en preparar una cesta suculenta.
Su encanto era irresistible. Su pelo oscuro que el viento movía sobre su frente, la piel dorada, sus ojos verdes turbios como esmeraldas. Esa turbiedad acaso fuera una de las esencias de su fascinación. Nunca podría saber con ella si me acompañaría hasta la muerte o si me abandonaría hasta en la puerta del primer hotel, o si en el fondo de su aventura espléndida guardaba la fortaleza suficiente como para bailar como un derviche sobre mis despojos una vez que me hubiera sacado el alma. No había amor en sus ojos, era otra cosa: fiebre. Acaso no había amor en su corazón. Pero era tan fuerte su destino, el movimiento de su vida, su ansia de futuro, su encarnación del juego y la alegría, su vigor, su insolencia, su devastación... el aturdimiento de esa fiebre...
Esos ojos me embrujaban. Lo que pudiera haber tras el iris de esa belleza pertenecía a los dominios del Bacilisco. Eran las antorchas que vio Propercio en los ojos de Cintia. Yo miraba su boca, me excitaban aquellos dientes no demasiado regulares. Nunca se insistirá bastante, ay, en la importancia que para una notable erección tiene una dentadura imperfecta, incluso, en ocasiones de una perversión acentuada, ciertos aparatos de corrección dental. Basta decir que una dentadura perfecta, regular, no excita nada. Algo parecido me ha sucedido siempre con las gafas, aunque esto ya con mujeres mas hechas que ella. Elemento esencial para aplacar a los fantasmas de cada cual: quien haya gozado lo que el gran Vatsyayana denominó "pulimento" y "absorción", realizados por una linda cara con gafas, no ha podido olvidarlo. Como el aloe, expulsa la melancolía del alma.
Después de comer sentí crecer de nuevo en mí su ansia por gozar. Me bastaba mirarla para sentir mi verga crecer, casi jadear. Era algo que no me había sucedido nunca, ni aun en aquella perdida juventud en que prácticamente está uno todo el día en estado de gracia. Con frecuencia yo debía recurrir a mis sueños para excitar con ellos mis sentidos, a veces incluso recurrir a alguna representación: mas de una vez he sido Rodolfo y ella Mimí, susurrándole "Che gelida manina" al tiempo que llevaba la suya hasta empuñar mi miembro; a cuántas he amado adjudicándoles en la oscuridad de mis ojos un rostro obsesionante mientras mi polla entraba y salía de una carne anónima a la que solo pedía su misterioso tacto como de algas marinas. Cada cual se corre como puede; yo creo haberlo hecho hasta de Sparafucile. Pero con ella era diferente: me bastaba mirarla, la deseaba cada segundo, hubiera podido muy bien morir jodiendo.
Friedrich.
Aquel día fuimos a comer cerca de Biarritz, a un paraje junto al Nive. El día era espléndido, como si quisiera acompañar con su belleza, con su placidez, el milagro de aquella relación que acababa de nacer. Comimos bajo los árboles, y mi fiel criado se esmeró en preparar una cesta suculenta.
Su encanto era irresistible. Su pelo oscuro que el viento movía sobre su frente, la piel dorada, sus ojos verdes turbios como esmeraldas. Esa turbiedad acaso fuera una de las esencias de su fascinación. Nunca podría saber con ella si me acompañaría hasta la muerte o si me abandonaría hasta en la puerta del primer hotel, o si en el fondo de su aventura espléndida guardaba la fortaleza suficiente como para bailar como un derviche sobre mis despojos una vez que me hubiera sacado el alma. No había amor en sus ojos, era otra cosa: fiebre. Acaso no había amor en su corazón. Pero era tan fuerte su destino, el movimiento de su vida, su ansia de futuro, su encarnación del juego y la alegría, su vigor, su insolencia, su devastación... el aturdimiento de esa fiebre...
Esos ojos me embrujaban. Lo que pudiera haber tras el iris de esa belleza pertenecía a los dominios del Bacilisco. Eran las antorchas que vio Propercio en los ojos de Cintia. Yo miraba su boca, me excitaban aquellos dientes no demasiado regulares. Nunca se insistirá bastante, ay, en la importancia que para una notable erección tiene una dentadura imperfecta, incluso, en ocasiones de una perversión acentuada, ciertos aparatos de corrección dental. Basta decir que una dentadura perfecta, regular, no excita nada. Algo parecido me ha sucedido siempre con las gafas, aunque esto ya con mujeres mas hechas que ella. Elemento esencial para aplacar a los fantasmas de cada cual: quien haya gozado lo que el gran Vatsyayana denominó "pulimento" y "absorción", realizados por una linda cara con gafas, no ha podido olvidarlo. Como el aloe, expulsa la melancolía del alma.
Después de comer sentí crecer de nuevo en mí su ansia por gozar. Me bastaba mirarla para sentir mi verga crecer, casi jadear. Era algo que no me había sucedido nunca, ni aun en aquella perdida juventud en que prácticamente está uno todo el día en estado de gracia. Con frecuencia yo debía recurrir a mis sueños para excitar con ellos mis sentidos, a veces incluso recurrir a alguna representación: mas de una vez he sido Rodolfo y ella Mimí, susurrándole "Che gelida manina" al tiempo que llevaba la suya hasta empuñar mi miembro; a cuántas he amado adjudicándoles en la oscuridad de mis ojos un rostro obsesionante mientras mi polla entraba y salía de una carne anónima a la que solo pedía su misterioso tacto como de algas marinas. Cada cual se corre como puede; yo creo haberlo hecho hasta de Sparafucile. Pero con ella era diferente: me bastaba mirarla, la deseaba cada segundo, hubiera podido muy bien morir jodiendo.
Friedrich.
martes, 7 de octubre de 2008
Enhorabuena.
MIENTRAS TÚ DUERMES
A Joana
En la plaza humillada por la lluvia
miro la alta ventana iluminada
que no quiero perder: no he de rendirme
a la condena de la vida.
Este no es ni un lugar de la ciudad:
nadie en los bancos y, sobre la arena,
los charcos que reflejan
la luz del rótulo del hospital.
El cristal de las puertas automáticas,
que la luz del vestíbulo ilumina,
de vez en cuando se abre y deja paso
a una oscura figura rutinaria.
Unas muletas cruzan,
invisibles, la calle y se aproximan
a uno de los coches aparcados,
el nuestro, en el que iremos en silencio
bajo la lluvia hacia el dolor futuro.
Tu calidez ha sido tan efímera.
Triste felicidad la de esta calma
mientras recuerdo
cuando tú y yo teníamos mañanas
que nos guardaban las miradas.
Tenía tanto miedo
a tener que dejarte sola un día.
Por débil y pequeña que la luz
sea en la oscuridad, es mi consuelo:
no habrá más desamparo ya que el mío.
Joan Margarit.
Enhorabuena Maestro.
Friedrich
A Joana
En la plaza humillada por la lluvia
miro la alta ventana iluminada
que no quiero perder: no he de rendirme
a la condena de la vida.
Este no es ni un lugar de la ciudad:
nadie en los bancos y, sobre la arena,
los charcos que reflejan
la luz del rótulo del hospital.
El cristal de las puertas automáticas,
que la luz del vestíbulo ilumina,
de vez en cuando se abre y deja paso
a una oscura figura rutinaria.
Unas muletas cruzan,
invisibles, la calle y se aproximan
a uno de los coches aparcados,
el nuestro, en el que iremos en silencio
bajo la lluvia hacia el dolor futuro.
Tu calidez ha sido tan efímera.
Triste felicidad la de esta calma
mientras recuerdo
cuando tú y yo teníamos mañanas
que nos guardaban las miradas.
Tenía tanto miedo
a tener que dejarte sola un día.
Por débil y pequeña que la luz
sea en la oscuridad, es mi consuelo:
no habrá más desamparo ya que el mío.
Joan Margarit.
Enhorabuena Maestro.
Friedrich
sábado, 4 de octubre de 2008
¿Un lugar vacio?
El profesor Kant
pasea por su querida Lorenzstrasse
de repente deja de pasear
y regresa rápido a casa
no es la lluvia
frecuente en Konisgsberg en esta época del año
sino un pensamiento
que quiere anotar rápidamente:
el hombre no es un objeto, es decir algo que pueda ser utilizado
solo como medio, sino que tiene que ser entendido en todas sus
acciones como un fin en si mismo.
Observa el vuelo de un pájaro
hay un momento en el que se olvida de todo
algo lo exalta
cuidado con la acera, resbala, profesor
vaya mas despacio
San Agustín:
después volví a caer hacia las cosas de este mundo, llorando.
Friedrich.
pasea por su querida Lorenzstrasse
de repente deja de pasear
y regresa rápido a casa
no es la lluvia
frecuente en Konisgsberg en esta época del año
sino un pensamiento
que quiere anotar rápidamente:
el hombre no es un objeto, es decir algo que pueda ser utilizado
solo como medio, sino que tiene que ser entendido en todas sus
acciones como un fin en si mismo.
Observa el vuelo de un pájaro
hay un momento en el que se olvida de todo
algo lo exalta
cuidado con la acera, resbala, profesor
vaya mas despacio
San Agustín:
después volví a caer hacia las cosas de este mundo, llorando.
Friedrich.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Estocolmo, Brighton, Miami.
El camino
cuando lo dejas atrás
desaparece a tus espaldas
deja de existir
la geografía es una noción subjetiva
una especie de acuerdo.
Friedrich.
cuando lo dejas atrás
desaparece a tus espaldas
deja de existir
la geografía es una noción subjetiva
una especie de acuerdo.
Friedrich.
lunes, 15 de septiembre de 2008
s/t.
Ayer soñé con Cristo
estaba cansado dijo
a lo que hemos llegado cuesta encontrar
un vaso de agua limpia.
Friedrich.
estaba cansado dijo
a lo que hemos llegado cuesta encontrar
un vaso de agua limpia.
Friedrich.
lunes, 8 de septiembre de 2008
En Beverly Hills no tiran la basura, la convierten en televisión.
[...] Pobre. No estaba yo equivocado por entonces al suponer que su relación terminaría mal. Era excesiva. Ni estaba en su sitio la historia ni las proporciones eran adecuadas. Pero probablemente la desmesura de su pasión era algo innato a su alma rusa, un alma grande que precisaba de extraordinarios efectos. Creo que por eso precisó matar con sus propias manos al odioso Rasputín, en vez de mandar que lo mataran unos profesionales. En Italia hubiera sido de otra forma. Pero él necesitaba vivir sobre la lava. Necesitaba que todo encajase, que todo tuviera un sentido y que además éste fuera grandioso.
Querer comprender el mundo… Ese esfuerzo inútil me recuerda siempre la imagen de la princesa, aquella tarde, en las caballerizas de Santa Margherita, cuando trató de chupársela al caballo. Lo único que consigue uno es atragantarse. Quizás a alguno ese asfixiarse le deparase cierto placer, pero al final se queda sin conseguir nada y la verga del bruto a su vez queda allí, colgando, lejana, sin sentido. La vida hay que dejarla ir, no tratar de desesperarse en conocer su secreto; es mas civilizado gozar sus encantos sin pretensiones vanas. Pero esa imagen de mi querida princesa y su caballo me alegra siempre mucho la memoria. Era una tarde de verano, justo días antes dela Marcha sobre Roma de nuestros héroes de opereta. La princesa había organizado una magnífica velada para unos pocos e íntimos amigos, y al fin nos habíamos quedado solos, con esa agradable laxitud que inunda unos sentidos bien adiestrados tras una inolvidable reunión de gente que se estima. La princesa y yo habíamos mantenido esporádicas relaciones desde que ella fuese una niña. Aquella tarde, cuando al fin nos quedamos solos, inmersos en un calor que nos hacía sudar y, de cierta forma, excitante, me llevó de la mano a aquel dormitorio suyo donde una fresca brisa estremecía las finísimas cortinas. Se recostó en la cama, con el mismo aire que tanto adoré yo a sus trece años, y me dijo:
-Quiero me violes.
-Querida –le dije-, a estas alturas de nuestra vida resulta imposible.
-Quiero que me violes. Quiero sentir como si un enorme falo me empalase y me matara.
-Siento –le dije- que las normales proporciones del mío impidan ese alarde sublime. Puedo meterte dieciocho centímetros, si no ha menguado desde la última vez que lo midieron en Ischia.
-Quiero sentir como si me desgarrasen.
-Qué obsesión, querida –le dije-. De cualquier forma estoy a tu servicio. El tuyo y el de la Sangre de San Pedro son mis mas estimulantes vinculaciones celestiales.
-Ponte este aparato que me han traido de Londres –dijo.
Me alarmó un poco su petición, pero no dudé de que sería algo espléndido. María Luisa saco de una caja preciosa un enorme pene fabricado en un raro material semiduro, que yo debía ponerme enfundando el mío, y que me proporcionaba una aunque vicaria soberbia erección de treinta y cinco centímetros.
-¿Tendrás bastante? –le dije.
-Clávamela y hazme daño –suspiró-. Clávamelo, ensártame.
-Espero que no se suelte y se te quede dentro.
-¡Bestia! –exclamó-. ¡Métemelo hasta el fondo!
La princesa se tumbó en la cama, levantó su vestido dejando al descubierto aquel vientre, aquellos muslos, aquel coño cobrizo donde yo tan feliz había sido a lo largo de todas sus edades, y abrió los muslos. Con los dedos descubrió los labios de su sexo. Lo miré. Estaba rojo, brillaba de humedad.
-¡Venga, venga! ¡Ensártame! ¡Venga, clávamela ya! –suspiró.
Puse aquella pieza descomunal en la entrada de su relicario y empujé despacio.
-¡Fuerte, fuerte, fuerte! ¡Clávamela ya, destrózame, sácame las tripas! exclamó ella.
Fui metiendo aquella monstruosidad de treinta y cinco centrímetros de eslora y nadie sabe qué disparate de manga, y empujé. Me divertía la situación. El material era tan duro que yo no podía sentir nada en mi miembro. Pero eso que yo llevaba saliendo de mi cuerpo era la cima de la voluptuosidad de mi joven amiga. La princesa se tragó como si fuera arenas movedizas los treinta y cinco centímetros. He comprobado en otras ocasiones que tampoco fue un récord; en Berlín vi mujeres que se alojaban en ese encanto el puño y parte del brazo de un estibador. Pero aquella situación con mi adorable princesa me llenaba de un gozo extraordinario. Ella, conforme yo me movía, iba entrando en un paroxismo estremecedor.
-¡Si, si, si,si, si, dale! ¡Oh bestia, me corro! ¡Dale! ¡Mas fuerte! ¡Mátame! ¡Mátame! –gritaba.
En elmomento de correrse, la princesa dio un bramido, pegó con su nuca contra la cama y se agarró con todas sus fuerzas al falo bestial como si quisiera metérselo aún mas. Por un instante pensé que verdaderamente iba a destriparse. Dejó de sacudirse y se quedo como muerta sobre el lecho. Suspiró.
-Es maravilloso. Maravilloso.
-Bueno –le dije, en cuanto me recuperé un poco-, me siento muy dichoso de que hayas encontrado tu felicidad, pero debes considerar que la prueba a que me has sometido no ha dejado de inquietar mi ánimo. Quiero decir con ello, querida mía, que en este momento sineto como un aluvión de esperma que me está quemando los testículos, los riñones y regiones vecinas. Así que mucho te agradecería que procuraras aliviarme esta congestión.
La princesa sonrió, se sacó aquel tronco, que al salir hizo un ruido caldoso, como el que arranca una ventosa, salpicó el aire con el fruto de su placer, y me besó ardientemente.
-Si, mi amor. Lo que tú quieras.
Y empezó a juguetear con mi sexo. Siempre le había gustado mucho retozar con mi verga. Cuando era niña hasta lo pintaba de colores, o le preparaba vestiditos , imaguinaba historias donde él era el protagonista. A veces lo acurrucaba entrte sus pechos como si fuera un niño al que debía dormir, arrullándolo. De improviso, me miró. Frunció el ceño y tomando aquel prodigioso artefacto londinense, me dijo:
-¿Por qué no me dejas que te lo meta por el culo?
-Oh, no, querida, no dudo de que también por ese orificio hay un verdadero Edén, pero de momento no he acabado de saciarme con los que pudiéramos llamar, si es que eso quiere decir algo, placeres naturales de mi sexo. Prefiero sin duda que me la chupes. Además, para probar ese bicho con alguien, siempre puedes llamar a algún criado.
La princesa me entretuvo con una mamada histórica. Desde luego, tuvo que trabajar muy poco, pues a poco de metérsela en la boca, con aquella forma tan peculiar suya que parecía que iba a arrancarte hasta las ingles, me corrí feliz y abundantemente.
-Qué delicia tener una buena polla en la boca –dijo-. No hay sabor como ése, me confesó el cardenal Claramonti y llevaba razón.
-Lástima que no fabriquen artilugios como ese que te han regalado y que sirvan para una buena mamada. Supongo que no serían tan efectivos como los del coño, claro, siempre serían pobres al paladar. La calidad de la polla enimitable, querida.
La princesa me miró pensativa.
-Llevas razón –dijo-. Pero, ven…
Y me condujo a las caballerizas. Allí estaban sus amadísimas corceles, y entre ellos un magnífico jerezano llamado Viento. La princesa empezó a acariciar los genitales del bruto, que se pusdo contento de inmediato. Vi como le crecía una verga rotunda y fabulosa, que ella masturbó hasta que se convirtió en una especie de salchichón gigantesco poco curado que golpeaba contra la barriga del caballo. La princesa trató de chupar aquel tremendo embutido pero no le cabía en la boca.
-El coño distiende, querida –le dije-, pero la boca es poco maleable. Está en Guicciardini.
La princesa se sacó el descomunal falo de su hermosa boca y chorreando por las fauces como aquellas campesinas que devoraban sandías en las fincas de mi padre, haciendo esfuerzos por ajustar sus quijadas, me dijo:
-Mas o menos así debía saber el capullo de Rigoletto –y se echó a reir con aquella carcajada limpia y jubilosa que yo tanto amaba en ella.
Cuantas veces, a lo largo de mi vida, he echado de menos esa risa de la princesa, y a ella misma, su portentosa desvergüenza, su absoluta libertad. Con la princesa jamás había problemas con nada, siempre estaba dispuesta a sacarle a la vida su mejor pedazo. Tuvo amantes en todas las ciudades que merecen la pena. Ninguno guarda un mal recuerdo de ella. Solo su portentosa alegría, su desenfado, su desprecio de la vulgaridad y los prejucios morales. Tenía un coño por alma y la mente mas alerta que he conocido para cuanto fuera desfío estético, intuición de la belleza y persecución de la dicha.
Ella si era la Felicidad.
Friedrich.
Querer comprender el mundo… Ese esfuerzo inútil me recuerda siempre la imagen de la princesa, aquella tarde, en las caballerizas de Santa Margherita, cuando trató de chupársela al caballo. Lo único que consigue uno es atragantarse. Quizás a alguno ese asfixiarse le deparase cierto placer, pero al final se queda sin conseguir nada y la verga del bruto a su vez queda allí, colgando, lejana, sin sentido. La vida hay que dejarla ir, no tratar de desesperarse en conocer su secreto; es mas civilizado gozar sus encantos sin pretensiones vanas. Pero esa imagen de mi querida princesa y su caballo me alegra siempre mucho la memoria. Era una tarde de verano, justo días antes dela Marcha sobre Roma de nuestros héroes de opereta. La princesa había organizado una magnífica velada para unos pocos e íntimos amigos, y al fin nos habíamos quedado solos, con esa agradable laxitud que inunda unos sentidos bien adiestrados tras una inolvidable reunión de gente que se estima. La princesa y yo habíamos mantenido esporádicas relaciones desde que ella fuese una niña. Aquella tarde, cuando al fin nos quedamos solos, inmersos en un calor que nos hacía sudar y, de cierta forma, excitante, me llevó de la mano a aquel dormitorio suyo donde una fresca brisa estremecía las finísimas cortinas. Se recostó en la cama, con el mismo aire que tanto adoré yo a sus trece años, y me dijo:
-Quiero me violes.
-Querida –le dije-, a estas alturas de nuestra vida resulta imposible.
-Quiero que me violes. Quiero sentir como si un enorme falo me empalase y me matara.
-Siento –le dije- que las normales proporciones del mío impidan ese alarde sublime. Puedo meterte dieciocho centímetros, si no ha menguado desde la última vez que lo midieron en Ischia.
-Quiero sentir como si me desgarrasen.
-Qué obsesión, querida –le dije-. De cualquier forma estoy a tu servicio. El tuyo y el de la Sangre de San Pedro son mis mas estimulantes vinculaciones celestiales.
-Ponte este aparato que me han traido de Londres –dijo.
Me alarmó un poco su petición, pero no dudé de que sería algo espléndido. María Luisa saco de una caja preciosa un enorme pene fabricado en un raro material semiduro, que yo debía ponerme enfundando el mío, y que me proporcionaba una aunque vicaria soberbia erección de treinta y cinco centímetros.
-¿Tendrás bastante? –le dije.
-Clávamela y hazme daño –suspiró-. Clávamelo, ensártame.
-Espero que no se suelte y se te quede dentro.
-¡Bestia! –exclamó-. ¡Métemelo hasta el fondo!
La princesa se tumbó en la cama, levantó su vestido dejando al descubierto aquel vientre, aquellos muslos, aquel coño cobrizo donde yo tan feliz había sido a lo largo de todas sus edades, y abrió los muslos. Con los dedos descubrió los labios de su sexo. Lo miré. Estaba rojo, brillaba de humedad.
-¡Venga, venga! ¡Ensártame! ¡Venga, clávamela ya! –suspiró.
Puse aquella pieza descomunal en la entrada de su relicario y empujé despacio.
-¡Fuerte, fuerte, fuerte! ¡Clávamela ya, destrózame, sácame las tripas! exclamó ella.
Fui metiendo aquella monstruosidad de treinta y cinco centrímetros de eslora y nadie sabe qué disparate de manga, y empujé. Me divertía la situación. El material era tan duro que yo no podía sentir nada en mi miembro. Pero eso que yo llevaba saliendo de mi cuerpo era la cima de la voluptuosidad de mi joven amiga. La princesa se tragó como si fuera arenas movedizas los treinta y cinco centímetros. He comprobado en otras ocasiones que tampoco fue un récord; en Berlín vi mujeres que se alojaban en ese encanto el puño y parte del brazo de un estibador. Pero aquella situación con mi adorable princesa me llenaba de un gozo extraordinario. Ella, conforme yo me movía, iba entrando en un paroxismo estremecedor.
-¡Si, si, si,si, si, dale! ¡Oh bestia, me corro! ¡Dale! ¡Mas fuerte! ¡Mátame! ¡Mátame! –gritaba.
En elmomento de correrse, la princesa dio un bramido, pegó con su nuca contra la cama y se agarró con todas sus fuerzas al falo bestial como si quisiera metérselo aún mas. Por un instante pensé que verdaderamente iba a destriparse. Dejó de sacudirse y se quedo como muerta sobre el lecho. Suspiró.
-Es maravilloso. Maravilloso.
-Bueno –le dije, en cuanto me recuperé un poco-, me siento muy dichoso de que hayas encontrado tu felicidad, pero debes considerar que la prueba a que me has sometido no ha dejado de inquietar mi ánimo. Quiero decir con ello, querida mía, que en este momento sineto como un aluvión de esperma que me está quemando los testículos, los riñones y regiones vecinas. Así que mucho te agradecería que procuraras aliviarme esta congestión.
La princesa sonrió, se sacó aquel tronco, que al salir hizo un ruido caldoso, como el que arranca una ventosa, salpicó el aire con el fruto de su placer, y me besó ardientemente.
-Si, mi amor. Lo que tú quieras.
Y empezó a juguetear con mi sexo. Siempre le había gustado mucho retozar con mi verga. Cuando era niña hasta lo pintaba de colores, o le preparaba vestiditos , imaguinaba historias donde él era el protagonista. A veces lo acurrucaba entrte sus pechos como si fuera un niño al que debía dormir, arrullándolo. De improviso, me miró. Frunció el ceño y tomando aquel prodigioso artefacto londinense, me dijo:
-¿Por qué no me dejas que te lo meta por el culo?
-Oh, no, querida, no dudo de que también por ese orificio hay un verdadero Edén, pero de momento no he acabado de saciarme con los que pudiéramos llamar, si es que eso quiere decir algo, placeres naturales de mi sexo. Prefiero sin duda que me la chupes. Además, para probar ese bicho con alguien, siempre puedes llamar a algún criado.
La princesa me entretuvo con una mamada histórica. Desde luego, tuvo que trabajar muy poco, pues a poco de metérsela en la boca, con aquella forma tan peculiar suya que parecía que iba a arrancarte hasta las ingles, me corrí feliz y abundantemente.
-Qué delicia tener una buena polla en la boca –dijo-. No hay sabor como ése, me confesó el cardenal Claramonti y llevaba razón.
-Lástima que no fabriquen artilugios como ese que te han regalado y que sirvan para una buena mamada. Supongo que no serían tan efectivos como los del coño, claro, siempre serían pobres al paladar. La calidad de la polla enimitable, querida.
La princesa me miró pensativa.
-Llevas razón –dijo-. Pero, ven…
Y me condujo a las caballerizas. Allí estaban sus amadísimas corceles, y entre ellos un magnífico jerezano llamado Viento. La princesa empezó a acariciar los genitales del bruto, que se pusdo contento de inmediato. Vi como le crecía una verga rotunda y fabulosa, que ella masturbó hasta que se convirtió en una especie de salchichón gigantesco poco curado que golpeaba contra la barriga del caballo. La princesa trató de chupar aquel tremendo embutido pero no le cabía en la boca.
-El coño distiende, querida –le dije-, pero la boca es poco maleable. Está en Guicciardini.
La princesa se sacó el descomunal falo de su hermosa boca y chorreando por las fauces como aquellas campesinas que devoraban sandías en las fincas de mi padre, haciendo esfuerzos por ajustar sus quijadas, me dijo:
-Mas o menos así debía saber el capullo de Rigoletto –y se echó a reir con aquella carcajada limpia y jubilosa que yo tanto amaba en ella.
Cuantas veces, a lo largo de mi vida, he echado de menos esa risa de la princesa, y a ella misma, su portentosa desvergüenza, su absoluta libertad. Con la princesa jamás había problemas con nada, siempre estaba dispuesta a sacarle a la vida su mejor pedazo. Tuvo amantes en todas las ciudades que merecen la pena. Ninguno guarda un mal recuerdo de ella. Solo su portentosa alegría, su desenfado, su desprecio de la vulgaridad y los prejucios morales. Tenía un coño por alma y la mente mas alerta que he conocido para cuanto fuera desfío estético, intuición de la belleza y persecución de la dicha.
Ella si era la Felicidad.
Friedrich.
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